Las sentencias judiciales no se leen como una novela. No siempre siguen un recorrido lineal o conducen al lector de manera progresiva hacia una conclusión. Muchas veces, leer un fallo implica avanzar y retroceder, detenerse en una cita legal, recordar un precedente y conectar argumentos que aparecen dispersos en el texto. Esta forma de lectura responde a la propia naturaleza del discurso judicial.
Cada vez que una sentencia cita una ley, un fallo anterior o un documento del expediente, crea un enlace. El lector debe desplazarse mentalmente entre distintos fragmentos y reconstruir la relación entre ellos. Por eso, más que un texto continuo, una sentencia funciona como un hipertexto: una red de referencias que se activan durante la lectura. Este rasgo no es un defecto. Es una característica estructural del derecho escrito.
El problema aparece cuando esa red no está organizada para quien lee. Muchas sentencias acumulan citas y remisiones sin ofrecer señales que orienten el recorrido. Párrafos extensos, referencias encadenadas, cambios bruscos de foco y escasa jerarquización de la información generan una lectura fragmentada. Incluso quienes estamos habituados al lenguaje jurídico debemos hacer un esfuerzo considerable para reconstruir la coherencia global del razonamiento.
En estos casos, la dificultad no proviene sólo del vocabulario técnico. Proviene, sobre todo, de la forma en que la información está distribuida y conectada. El lector sabe que cada cita cumple una función, pero no siempre queda claro por qué se la incluye ni qué relación tiene con la decisión final.
En las sentencias es posible identificar distintos tipos de referencias que conviven en el texto: las normativas, que remiten a leyes o artículos específicos; las jurisprudenciales, que incorporan precedentes; las doctrinales, que citan autores o teorías; y las internas, que remiten a partes del expediente o del propio fallo. Cada una aporta algo distinto al argumento. El problema no es su presencia en estas citas, sino su inserción sin conexión explícita con la idea que se está desarrollando.
Cuando las referencias se suceden sin explicación, el foco se dispersa. El lector debe ir y venir constantemente, y tratar de comprender qué se espera que haga con esa información. A esto se suma otro fenómeno frecuente: la estructura formal del fallo —con secciones como Vistos, Considerandos y Resolución— no siempre coincide con la estructura lógica del razonamiento.
Frente a este escenario, el lenguaje claro ofrece una respuesta que va más allá del estilo. Sus principios no apuntan a “escribir fácil”, sino a organizar mejor la información. Jerarquizar los temas, segmentar los argumentos, conectar las ideas y señalar los vínculos entre ellas permite guiar al lector a través del hipertexto de manera más consciente.
Aplicar lenguaje claro
Aplicar lenguaje claro a una sentencia no implica simplificar el contenido jurídico ni resignar precisión técnica. Implica asumir que el texto ya es complejo y que, justamente por eso, necesita una arquitectura visible. Una sentencia clara no elimina las citas, sino que las integra al argumento. No reduce la cantidad de información, sino que la ordena.
Algunas decisiones de redacción pueden marcar la diferencia. Incluir al inicio una breve guía de lectura que anticipe qué se va a resolver y cómo se organiza el fallo ayuda al lector a orientarse. Explicitar por qué se cita una norma, un precedente o una opinión doctrinal evita que la referencia quede flotando sin anclaje. Organizar los temas según una lógica de progresión, y no de mera acumulación, fortalece la cohesión del texto.
También influyen aspectos visuales que suelen subestimarse: el uso de subtítulos, numeraciones, párrafos breves y mayor aire en la página. Estos recursos no alteran el contenido, pero sí la experiencia de lectura. Un mismo argumento puede resultar opaco o comprensible según cómo esté presentado.
La diferencia se vuelve evidente cuando se comparan versiones de un mismo párrafo. En un bloque compacto, con varias citas consecutivas, el lector debe descifrar la relación entre ellas. En una versión reorganizada, con ideas separadas y vínculos explicitados, estas relaciones son claras y la lectura se vuelve más fluida y coherente.
La claridad en las sentencias tiene efectos directos en la legibilidad del texto, en la transparencia de la función judicial y en la percepción que la ciudadanía tiene de la justicia. Cuando una decisión se entiende, deja de parecer un mensaje dirigido solo a especialistas.
Pensar la sentencia como un hipertexto obliga a asumir una responsabilidad comunicativa. El derecho puede ser complejo, pero esa complejidad no tiene por qué traducirse en desorden. Diseñar recorridos claros dentro de esa red de referencias no empobrece el texto jurídico. Por el contrario, lo fortalece.
Al final, una sentencia clara no sólo comunica una decisión. Construye confianza. Confianza en la palabra judicial, en la institución que la emite y en la posibilidad de comprender aquello que nos afecta.
Artículo publicado en Comercio y Justicia
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