En un contexto de profunda desconfianza social, en el que la ciudadanía exige respuestas concretas y tangibles, vale la pena preguntarse: ¿estamos contando lo que hacemos o lo que logramos? ¿Estamos explicando procesos o mostrando impactos reales en la vida de las personas?
En un ecosistema saturado de información y marcado por el escepticismo, los relatos autocelebratorios pierden eficacia. Por eso, si queremos que la comunicación de los poderes judiciales contribuya a la legitimidad institucional, necesitamos narrativas que reflejen transformaciones concretas, con datos, evidencias y rostros.
Por ejemplo, en lugar de anunciar que se inauguró una nueva oficina judicial o que se capacitó a un grupo de operadores, sería más valioso contar que, gracias a esa oficina, se duplicó la atención en determinadas zonas que antes no contaban con acceso cercano; o que, tras esa capacitación, los usuarios comprendieron con claridad las notificaciones judiciales y recibieron una atención más empática. También podríamos decir que, luego de implementar un sistema digital de gestión de causas, el tiempo de resolución se redujo a la mitad, o que con la habilitación de una nueva forma de comunicación, aumentaron las denuncias en territorios específicos.
La sociedad ya no quiere escuchar promesas. Reclama saber qué cambió, qué mejoró, qué resolvió el sistema judicial frente a sus problemas reales. Necesita certezas, no declaraciones.
¿Se resolvieron más rápido las causas? ¿Se habilitaron canales accesibles para hacer denuncias sin tener que trasladarse kilómetros? ¿Se acompañó a las víctimas con más recursos, con más escucha, con más humanidad?
Pensemos en una persona que logró obtener la cuota alimentaria en pocos días gracias a audiencias virtuales. O en una trabajadora del interior que pudo denunciar una situación desde su teléfono celular. Esos casos, cuando se convierten en historias generan cercanía y confianza. Porque no se trata solo de mostrar lo que se hace, sino de cómo ese hacer mejora la vida de las personas.
Comunicar resultados es contar qué pasó después. Es asumir que lo importante no es el esfuerzo que hacen los poderes judiciales para adaptarse a los tiempos; sino cómo ese esfuerzo se traduce en acceso efectivo, sentencias comprensibles, tiempos razonables y atención empática.
Ha llegado el momento de salir de la lógica del evento institucional como principal hito comunicacional y empezar a poner en valor la evidencia del impacto. Cambiar el eje del “qué hacemos” al “qué logramos”.
Porque la buena comunicación judicial no se limita a informar. También debe traducir, interpretar, humanizar y -ahora más que nunca- rendir cuentas. No alcanza con mostrar lo que sucede puertas adentro. La sociedad necesita ver reflejada en su experiencia cotidiana que el poder judicial funciona, que escucha y que responde.
Quizás el desafío para convencer sea demostrar. Porque al final, lo que se espera de la Justicia no es que hable, sino que cumpla su palabra. Y que lo comunique con hechos concretos, que hagan una diferencia real en la vida de las personas.
Artículo publicado en Comercio y Justicia
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